
Juan Carlos Liévano, tiene desde hace 12 años un negocio de limusinas, uno de los primeros que hubo en Madrid, según cuenta. Llegó a la capital en 1991, cerrando un círculo genealógico. Su abuelo Víctor, llegó a España en los años treinta para aprender a cantar ópera. Se casó con una chica de Carabanchel y tuvo un hijo, Franklyn. Cuando empezó la Guerra Civil consideró oportuno volverse a Colombia. Medio siglo después, su nieto rehízo su camino y se plantó en la capital: "Es que mi papá siempre me hablaba de lo que le gustaba Madrid al abuelo", dice Juan Carlos, 1,87 metros y 150 kilos de peso, arrellanado al fondo de su limusina Lincoln Town Center, una de las tres de su empresa, Chartercar. Hoy mas madrileño que ninguno está convencido que lo importante es "querer lo que hace".




